Kappa Bunko: Literatura japonesa

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Acariciando lo áspero

Kawakami HiromiKawakami Hiromi (née Yamada, Tokyo, 1958) escribe historias de mujeres que aman con intensidad.

Desde que asomó la cabeza en la escena literaria con Kamisama (Dios, Chūō kōronsha, 1994), no paró de acumular premios prestigiosos: el Akutagawa por Hebi wo fumu (Pisar una serpiente, Bungei shunjū, 1996), el Itō Sei por Oboreru (Abandonarse a la pasión, Bungei shunjū, 1999), el Tanizaki por Sensei no kaban (El cielo es azul, la tierra blanca, 2001), la Recomendación Oficial del Ministerio de Educación por Manazuru (Bungei shunjū, 2006), etc.

A diferencia de otros escritores contemporáneos japoneses, goza de varias traducciones al castellano, todas editadas por Acantilado y traducidas por Marina Bornas Montaña. Kawakami Hiromi, sin embargo, parece ser la autora japonesa más incomprendida en el mundo hispanohablante. La reseña de Abandonarse a la pasión en El País (4 de febrero, 2012) concluye que “Al cerrar el libro, uno no puede dejar de tener la impresión de que hay poco de amor en estos relatos, como si los personajes y el propio país fueran incapaces de amar”. Y la reseña conjunta de El cielo es azul, la tierra blanca y de Algo que brilla como el mar en El Espectador del periódico Clarín (30 de julio, 2012) remata: “Los libros de Kawakami Hiromi tienen esa virtud (que para otros será defecto) de no dejarnos conclusiones nítidas y claras sobre lo que quiso decir, de darnos siempre la sensación de que mucho de lo que se cuenta y se conversa no tiene mucho sentido.”

La narrativa de Kawakami coquetea con una textura que aparenta ser simple y accesible. Por un lado, es innegable que cultiva un estilo despojado. Las frases cortas y el lenguaje cotidiano pueden confundirse con síntomas de literatura liviana. La ausencia de alusiones pedantes pueden generar una sensación de desconexión con el pasado literario y cultural de su país. Sus temas principales, el amor y la nostalgia, son los mismos de los que suele abusar el melodrama. Por el otro, en el lenguaje de Kawakami no hay rastros de trivialidad, descuido o hipérbole. Con palabras simples hila descripciones psicológicas que anticipan giros de un lirismo concentrado y que ofrecen un atisbo de la vida emocional secreta de una sociedad que se caracteriza por no revelar sus sentimientos. Con guiños y detalles establece su filiación respecto de los escritores japoneses del pasado. El cielo es azul, la tierra blanca , por ejemplo, es una variación de los temas y personajes de la novela más famosa de la literatura japonesa, Kokoro de Natsume Sōseki (1914); en el primer párrafo alude abiertamente a la novela de Sōseki. Y Manazuru directamente comparte el título con un libro de otro grande, Shiga Naoya. Más aun, los personajes de Kawakami rara vez gozan un amor pleno y en su lugar viven a caballo entre la ilusión y las ilusiones perdidas; continúan así una vieja tradición lírica y narrativa que surge de la poesía clásica (waka) del Kokinshū, de Los cuentos de Ise y de La historia de Genji, en los que la consumación del amor es eclipsada por la anticipación que la precede y la frustración que le sigue.

Por sobre todo, escribe historias de mujeres de nuestro tiempo, documenta una nueva era en las relaciones entre los géneros. Sus protagonistas no acuerdan con la imagen tradicional de la mujer como niña, amante y madre; como empleada que sólo puede sacar fotocopias y servir té, que debe renunciar al contraer matrimonio; como víctima de ideales ingenuos de amor romántico y consumidora de melodramas, es decir, las mujeres de la posguerra (1950s), del boom económico (1960s y 70s) o de la burbuja financiera (80s). Se trata aquí de las vicisitudes que enfrenta la mujer japonesa hoy: los desafíos de componer éxito profesional y privado, la búsqueda de compañía y afecto más allá de los clichés y la dependencia, la necesidad de forjar un destino que no siempre lleva a la familia nuclear.

Kawakami es famosa por sus ensayos, novelas y cuentos, y sin embargo sus rasgos más distintivos emergen en sus textos breves. Entre los años 2002 y 2006 publicó en la revista Ku:nel una serie de viñetas narrativas que condensan en unas pocas páginas el antes y el después de un momento crucial en la vida de sus protagonistas. Las narradoras y protagonistas son en su mayoría mujeres jóvenes que transitan los vaivenes afectivos del Japón actual. El libro Zara zara (Amores imperfectos, Shinchōsha, 2011) recoge veintitrés de estas historias y ofrece al lector la posibilidad de leerlas de corrido y descubrir zonas de resonancia y contraste.

Kawakami Hiromi, Zara zara (Shinchōsha, 2011)

Kawakami Hiromi, Zara zara (Shinchōsha, 2011)

Son muchos los temas que recorren: la amistad entre mujeres, entre hombres y mujeres, el amigo gay, el amor entre mujeres, el sexo, los padres que van envejeciendo, la madre que no acepta que envejece, el sexo con un hombre mucho más joven, el amor por un hombre casado, el amor que no empieza, el amor no correspondido, el amor correspondido y arruinado, el desamor, el olvido, la recuperación. Juntas, las viñetas componen una educación sentimental que revela “el amor” como “los amores”, desplegando una diversidad de experiencias y emociones que varían con la persona, las circunstancias, la edad, la suerte y el destino.

De esta diversidad surgen tres aspectos fundamentales:

El amor es más analógico que digital. Lleva tiempo. No hay forma de saltarse pasos. En “Coffee Maker” (“Máquina de café”), la narradora piensa y piensa en Nakabayashi, un ejecutivo top que casi no tiene tiempo para ella. Busca consejo en su amigo Shūzō y cuando ya no aguanta más se decide a sorprender a su novio el domingo con una visita sorpresa. Y luego en “Yagi no iru kusahara” (“Un prado con cabras”), la misma narradora cuenta en detalle el lento proceso de recuperación que sigue a la ruptura que le impone Nakabayashi.

Lo visual pasa a segundo plano. El amor es táctil, olfativo, auditivo. En “Menta”, los sabores y las texturas traen memorias de la infancia y de un ex-novio, Harada, con el que nunca hubo separación definitiva. No pelearon y ella no sentía un afecto avasallador, pero ahora un sábado cualquiera vuelve a pensar en él con afecto. El amor toma forma en el contacto de la piel con el mundo exterior, los objetos y las personas que lo componen. Para capturar este registro de lo sensorial Kawakami recurre a los muchos adverbios y adjetivos japoneses que semejan su referente. Por ejemplo, zara zara, que significa “áspero” y suena como el ruido que hace una superficie al rozarla.

El amor es rugoso, abrupto, casi se diría escabroso. En “Zara zara” (“Áspero”), la historia que da nombre a la colección, la narradora tiene veintilargos y ya se le va terminando la adolescencia. Su amiga Tsunemi y su amigo Ban-chan están en la misma y los tres se juntan a festejar el año nuevo lejos de sus familias y de otras relaciones. Para hacer la fiesta más verosímil, cada uno trae una decoración típica del año nuevo, como por ejemplo una langosta roja de plástico. Comen, beben mucho y al final se quedan dormidos los tres juntos. Dice la narradora: “Pasaban los minutos y por alguna razón yo seguía sin poder dormir. Escuchaba la respiración regular de ellos dos y miraba la lámpara que cuelga del techo. La lámpara estaba apagada, pero la pantalla emitía un resplandor vago. Es año nuevo, murmuré. Estiré el brazo y las puntas de mis dedos tocaron la langosta de plástico que trajo Ban-chan. Así nomás probé agarrarla y la sentí fría. Mañana tengo que ir a trabajar… Llevo dos meses de atraso con el alquiler… Me gustaría tener sexo con Ban-chan al menos una vez… Pensando disparates así fui abriendo y cerrando la mano. La pantalla de la lámpara aun flotaba en la oscuridad. La langosta se sentía áspera contra mi mano. La apreté con fuerza una vez más. Por más que apretara y apretara, la langosta no dejaba de sentirse fría.”

Kawakami Hiromi escribe historias de mujeres que a veces aman con intensidad. Por más tiempo que lleve, por inciertas que sean sus sensaciones y por más áspero que resulte el amor, los personajes de Kawakami no pueden dejar de acariciarlo. Tampoco sus lectores. Y cuando de vez en cuando se toman un respiro, no es por frialdad o sinsentido. Es que a veces de tanto acariciar empieza a doler.

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Esta entrada fue publicada en enero 27, 2016 por en Reseñas y etiquetada con , , .

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