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Las velas rojas y la sirena

Portada de la primera edición de Akai rōsoku to ningyo (Ten'yūsha, 1921)

Portada de la primera edición de Akai rōsoku to ningyo (Ten’yūsha, 1921)

Hoy os traemos la traducción de uno de los cuentos más famosos de Ogawa Mimei (1882-1961), considerado el padre de la literatura infantil japonesa moderna.

Si la ficción japonesa para niños en la era Meiji (1868-1912) se había caracterizado por su didacticismo paternalista, la que proponía Mimei pretendía dar prioridad sobre todo a su calidad literaria (la belleza de sus imágenes, la potencia de su estructura dramática), sin dejar de lado por eso la descripción de conflictos morales relevantes para su público. Da fe de su éxito el hecho que un siglo después aún sigamos reeditando y leyendo los cuentos de Mimei y sus compañeros de la revista Akai tori (El pájaro rojo, 1918-1936) como Suzuki Miekichi (1882-1936) o Niimi Nankichi (1913-1943).

El famosísimo cuento de Andersen “La sirenita” (“Den lille Havfrue”, 1837) probablemente inspiró el principio de “Las velas rojas y la sirena”, pero Mimei lleva la historia por unos derroteros completamente distintos, y mucho más oscuros…

***

Ogawa Mimei, “Las velas rojas y la sirena” (“Akai rōsoku to ningyo”, Ten’yūsha, 1921)

(1)
Las sirenas no viven sólo en los mares del sur. También hay algunas que viven en los mares del norte.
El mar del norte es azul. Un día, una sirena se subió a una roca para descansar mientras observaba el paisaje.
La solitaria luz de la luna se escurría entre las nubes para reflejarse sobre el mar. Mirara donde mirara, la sirena no veía sino olas y más olas levantarse.
– Qué paisaje más desolado -pensó-. Nosotras no somos tan distintas de los humanos. Comparadas con los peces y los feroces monstruos que viven en el fondo del mar, ¡cómo nos parecemos en nuestra naturaleza y forma a los humanos! Entonces, ¿por qué tenemos que vivir con los peces y los monstruos en este mar frío, oscuro y triste?
La sirena meditó apenada sobre los largos años que había pasado sin nadie con quien hablar, suspirando por la brillante superficie marina. Bajo la luz de la luna, se abandonó como siempre a sus fantasías, estirada en la roca que flotaba sobre el mar.
– Dicen que la ciudad donde viven los humanos es muy bonita. También que los humanos son mucho más amables y compasivos que los peces y los monstruos. Nosotros vivimos con esos peces y monstruos, pero nos parecemos mucho más a los humanos. ¿Por qué no podríamos vivir con ellos? -se preguntó.
La sirena estaba embarazada.
– Nosotras las sirenas ya llevamos mucho tiempo en este mar azul del norte, viviendo solitarias sin hablar con nadie, y quizás por eso no podamos vivir en un país alegre y festivo, pero no querría que la sirenita a la que voy a dar a luz se viera condenada a esta vida tan triste y desolada. No hay nada más trágico que tener que separarse de una hija y vivir sin ella en medio del mar solitario, pero mi alegría será saber que ella es feliz en algún lugar. He oído que los humanos son los seres más amables de este mundo, y que nunca hacen sufrir a los débiles y los necesitados. Dicen que nunca abandonan a los que les piden ayuda. Por suerte, no sólo tenemos rostros como los humanos, sino que la mitad de nuestro cuerpo es como el suyo. Si podemos vivir aquí con los peces y los monstruos, ¿por qué no podríamos vivir con los humanos? Si lograra llevarles a mi hija, seguro que la educarían, y no serían tan crueles como para abandonarla.
Pensando que al menos su hija podría crecer en una ciudad hermosa, festiva y alegre, la sirena decidió que daría a luz en tierra. Sabía que no podría volver a ver nunca más a su propia hija, pero confiaba en que los humanos la aceptarían y con ellos viviría feliz.
A lo lejos, se veían brillar las lámparas de un santuario que había en una pequeña colina cerca de la costa. La sirena echó a nadar entre las frías olas oscuras en dirección a tierra.

(2)
En la costa había una pequeña ciudad. De entre los muchos negocios instalados allí, uno era una tienda de velas que estaba justo a los pies de la colina que llevaba al santuario.
En la tienda vivía una pareja mayor. El abuelo hacía velas y la abuela las vendía. Los habitantes de la ciudad y los pescadores de las cercanías siempre pasaban por su tienda para comprar velas cuando subían a visitar el santuario.
En la colina había un bosque de pinos, y dentro estaba el santuario. Cuando soplaba viento del mar, hacía sonar las copas de los pinos día y noche. Al oscurecer, se podía ver desde el mar cómo temblaban las llamas de las velas del santuario.
Una de esas noches, la abuela le dijo al abuelo:
– Es gracias al favor de los dioses que podemos vivir así. Si no hubiera el santuario en la colina, nadie nos compraría velas. Tenemos que estar muy agradecidos. Voy a subir al santuario a rezarles.
– Tienes razón. No pasa un día que no piense lo mucho que les debemos, pero entre una cosa y otra, casi nunca puedo ir al santuario a rezar. Me parece muy bien. Dales las gracias de mi parte también -respondió el abuelo.
La abuela salió de casa, caminando trabajosamente. Era una noche de buena luna, y estaba todo iluminado como si fuera de día. Después de rezar en el santuario, la abuela bajaba por la colina cuando oyó a un bebé llorar bajo las escaleras de piedra.
– Pobrecito bebé abandonado. ¿Quién te habrá dejado aquí? Y qué curioso que te haya encontrado volviendo del santuario. ¿Qué destino nos habrá unido? Seguro que los dioses me castigarán si te dejo aquí. Será que los dioses se han dado cuenta de que no tenemos hijos y nos han dejado este bebé. Lo llevaré a casa y lo criaremos con el abuelo -pensó la abuela, recogiendo a la criatura.
– Pobrecito, pobrecito -le decía mientras caminaba de vuelta a casa.
El abuelo, que estaba esperando a que volviera la abuela, la vio entrar con el bebé en brazos. Cuando ella le explicó cómo lo había encontrado, el abuelo dijo:
– Sin duda han sido los dioses. Si no lo criamos, nos castigarán.
Así decidieron criar al bebé. Era una niña, pero de cintura para abajo no tenía forma humana sino de pez. Los abuelos se dieron cuenta de que era una sirena.
– No es una niña humana… -dijo el abuelo, ladeando la cabeza.
– Tienes razón. Pero aunque no sea humana, mira qué carita más graciosa y bonita de niña tiene -respondió la abuela.
– Da lo mismo. Es un regalo de los dioses y la criaremos como si fuera nuestra. Seguro que cuando crezca será una niña buena y lista -declaró el abuelo.
Desde aquel día, los dos se esmeraron para criar a la sirenita, que creció hasta convertirse en una bella muchacha, dulce y despierta, de hermosa mirada y largos cabellos sedosos.

(3)
La niña se hizo mayor pero, avergonzada por tener un cuerpo diferente, no salía de casa. Sin embargo, todos los que la veían se quedaban asombrados por su belleza y había muchos que iban a comprar velas a la tienda sólo pensando en poder verla.
– Nuestra hija es muy vergonzosa. No quiere salir -decían siempre los abuelos.
En su taller, el abuelo se esmeraba haciendo velas. La sirena pensó que si las velas llevaban dibujos se venderían aún mejor, y el abuelo le dio permiso para que las pintara a su gusto.
Con pintura roja, la sirena dibujaba peces, moluscos y algas en las velas blancas. Nadie le había enseñado, pero tenía un talento natural para pintar. El abuelo se quedó asombrado cuando lo vio. Los dibujos les daban a las velas una hermosa fuerza misteriosa, que atraería sin duda a cualquiera que las viera.
– Maravilloso. Cómo se nota que no están pintadas por una persona, sino por una sirena -le dijo el abuelo a la abuela.
“Una de esas velas con dibujos”, se oía día y noche en la tienda. Les encantaban a todos, niños y mayores.
Pronto se empezó a extender un misterioso rumor. Aquellos que habían comprado una de las velas con dibujos y la habían encendido en el santuario de la montaña, siempre volvían sanos y salvos del mar, aunque se hubieran topado con la más violenta tormenta. Ninguno de sus barcos se volcó, y ninguno de ellos murió ahogado. Al poco tiempo, nadie hablaba de otra cosa.
– Seguro que es porque a los dioses les gustan esas velas tan hermosas -decían todos en la ciudad.
Como habían aumentado las ventas, en la tienda, el abuelo trabajaba día y noche haciendo velas, y su hija las decoraba a su lado, pintándolas de rojo sin descanso, aunque le dolieran las manos.
– Aún sabiendo que no era humana, aquí me han criado y querido tanto… Nunca olvidaré lo que les debo.
Cuando la sirena pensaba en cuánto amor había recibido, se le llenaban los ojos de lágrimas.
Su fama llegó hasta pueblos remotos. Marineros y pescadores venían desde muy lejos para comprar aquellas velas decoradas que tanto placían a los dioses. Compraban las velas, subían a la montaña, visitaban el santuario, encendían las velas como ofrecenda y esperaban a que hubieran ardido casi completamente para recibir la bendición de los dioses. En el santuario nunca cesaba la luz de las velas, ni de día ni de noche. Desde el mar se veía su hermoso brillo, especialmente cuando se hacía oscuro.
– Qué dioses tan buenos… -decía la gente.
Y así se hizo famoso el santuario.
Todos alababan la bondad de los dioses, pero a nadie se le ocurrió pensar en la muchacha que ponía todo su corazón en decorar las velas. Nadie se compadecía de ella.
En noches de buena luna, la sirena sacaba a veces la cabeza por la ventana y contemplaba el mar llorosa, llena de nostalgia por las olas azules del norte.

(4)
Un día, llegó un artista callejero de un país del sur. Viajaba por el norte buscando alguna cosa única que pudiera llevarse hacia el sur para ganar dinero.
Puede que alguien se lo contara, o que él mismo viera a la muchacha y se diera cuenta de que no era humana, sino algo tan excepcional como una sirena. Fuera como fuera, se presentó un día en casa de los abuelos y, sin que su hija adoptiva lo supiera, les ofreció comprársela por mucho dinero.
Al principio los abuelos pensaron que de ninguna manera iban a vender a aquella niña que los dioses les habían confiado, y se negaron, pensando en el castigo divino que caería sobre ellos si lo hacían. El artista no se desanimó, pese a que rechazaron su oferta una y otra vez, y seguía volviendo a preguntar por ella.
– Es sabido desde antaño que las sirenas traen mala suerte -les decía a los abuelos-. Si no se libran de ella ahora, seguro que ocurrirá alguna desgracia -insistía, artero.
Al final, los ancianos empezaron a creerse las palabras del artista. Cegados por la codicia al ver cuánto dinero les ofrecía, decidieron vender a la muchacha.
El artista se fue muy contento, y dijo que volvería pronto a recogerla.
¡Qué sorpresa se llevó la sirenita al enterarse de todo aquello! Tímida y dulce, tenía mucho miedo de separarse de su familia e ir a un país desconocido del cálido sur. Llorando, les rogó a los ancianos:
– Trabajaré tanto como haga falta, pero por favor no me vendáis a un país del sur que no conozco.
Sin embargo los ancianos, como poseídos, no le hicieron caso.
La muchacha se encerró en su habitación y se puso a pintar velas con todo su empeño, pero los ancianos no se conmovieron ni se apiadaron de ella.
Una noche de luna clara, la sirena pensaba apenada en su destino al rumor de las olas. Escuchándolas, le daba la sensación de que había algo a lo lejos que la llamaba y se quedó mirando el horizonte desde la ventana. Sin embargo, afuera no había nada más que la luna brillando sobre el mar azul.
La muchacha estaba pintando sus velas. De repente, se oyó un ruido afuera. El artista callejero había llegado para llevársela. Venía en un carro con una gran jaula. Allí había transportado en el pasado tigres, leones y panteras.
Como la sirena era un ser del mar, pensaba tratarla igual que a los tigres y los leones. Si la muchacha hubiera visto la jaula, quién sabe cuánto se habría sobresaltado.
Sin saber lo que ocurría afuera, ella seguía concentrada en pintar sus velas, cuando entraron los ancianos.
– Venga, es hora de irse -le dijeron, sacándola de la habitación.
Azuzada, la sirena no pudo acabar de pintar las dos o tres velas que tenía en las manos y las dejó cubiertas de pintura roja, como si fueran un testimonio de su tristeza.

(5)
Era una noche apacible. El abuelo y la abuela habían cerrado la puerta y se habían ido a dormir.
A medianoche, alguien llamó a la puerta. Toc, toc. Al oírlo, los ancianos se preguntaron quién sería.
– ¿Quién es? -gritó la abuela.
Pero no hubo respuesta. Sólo se oía cómo llamaban a la puerta. Toc, toc, toc.
La abuela se levantó, abrió la puerta un poco y miró afuera. Era una mujer de piel pálida.
Había venido a comprar velas. Viendo que sacaría un dinero de ella, la abuela no mostró reticencia alguna y sacó la caja de velas. Al mirar mejor a la visitante, la abuela se quedó estupefacta: la cabellera negra de la mujer estaba empapada y brillaba bajo la luz de la luna. La mujer sacó de la caja las velas pintadas de rojo, las observó con detenimiento, pagó por ellas y se marchó.
Al mirar bien el dinero bajo la luz de una lámpara, la abuela se dio cuenta de que no le había pagado con monedas, sino con conchas marinas. Enfurecida, salió corriendo en busca de la estafadora, pero afuera no había ni rastro de la mujer.
Aquella misma noche, el cielo cambió repentinamente de color y soltó una enorme tormenta como no habían visto en mucho tiempo. Los ancianos pensaron en el artista que había metido a la sirena metida en una jaula, y se la había llevado en su barco rumbo al sur.
– Seguro que esta tormenta les hundirá el barco -decían, temblando.
Al amanecer, la costa ofrecía un espectáculo desolador. Innumerables barcos habían naufragado aquella noche.
Todos se extrañaron de que, pese a que habían dedicado sus velas en el santuario, hubiera habido aquella tormenta tan violenta. A partir de entonces, las velas rojas ganaron fama de malditas. Conscientes de que los dioses les habían castigado, los ancianos abandonaron su negocio.
Sin embargo, cada noche había alguien, nadie sabía quién, que subía al santuario y encendía una vela roja. Antes, quien ofrecía aquellas velas decoradas al santuario se aseguraba volver sano y salvo del mar. Ahora, se decía que las velas rojas traían tal mala suerte que todo aquel que las veía acababa ahogándose.
Estos rumores se extendieron rápidamente, y al final ya nadie quería subir al santuario. Lo que había sido una divinidad milagrosa, se había convertido en una sombra funesta para el pueblo. Muchos incluso pensaban que sería mejor que desapareciera.
Los barcos que cruzaban la zona observaban el santuario con terror. Cada noche, el mar del norte se volvía temible. Las olas se sucedían sin fin, levantándose unas sobre otras hasta donde llegaba la vista. Al romper contra las rocas, se elevaban en espuma blanca. Cuando la luna penetraba entre las nubes y las iluminaba, tenían un aspecto realmente sobrecogedor.
Hay quien dice que en las noches de lluvia más oscuras, cuando desaparecían las estrellas, se podía ver la luz de una vela flotando sobre las olas, moviéndose lentamente hacia el santuario.
A los pocos años, el pueblo empezó a decaer, hasta que desapareció por completo.

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Acerca de Pau Pitarch

Assistant Professor of Japanese at Queens College (City University of New York)

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Esta entrada fue publicada en diciembre 28, 2016 por en Traducciones y etiquetada con .

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