Kappa Bunko: Literatura japonesa

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“Limón”

“Remon” (Aozora, enero 1925) es el relato más conocido de la corta carrera de Kajii Motojirō y, posiblemente, uno de los relatos más populares de la literatura japonesa moderna. La imagen del limón que le da título, tan hermosa y a la vez tan abierta a la interpretación personal, hace de esta una historia inolvidable.

Ya hay otras traducciones de Kajii publicadas en castellano (que personalmente no he tenido oportunidad de leer), pero aquí os ofrezco la mía. No está mal que textos así de clásicos tengan varias traducciones. Si os gusta el cuento, ya sabéis que en las ediciones de Erasmus Ediciones y Chidori Books tenéis más textos de Kajii.

“Limón”

Un extraño peso me oprimía el corazón. No sabía exactamente si era ansiedad o disgusto, pero era una sensación parecida a la de la resaca después de una borrachera, como si hubiera estado bebiendo durante varios días seguidos. Así me sentía. Y era realmente un problema. La culpa de mi estado no era ni de la tuberculosis ni de la extenuación nerviosa. Tampoco era de las deudas que me agobiaban. El problema era ese peso. Ya no podía soportar ni la música ni ninguno de los poemas que tanto me gustaban antes. Aunque saliera expresamente a escuchar algún cilindro fonográfico, no aguantaba sentado más de dos o tres compases. Algo me atormentaba continuamente y no podía sino pasarme el día vagabundeando por las calles.

No sé exactamente por qué, recuerdo que entonces me fascinaban las cosas hermosas con un aire de pobreza. Mis paisajes favoritos eran los barrios ruinosos. Más que las grandes avenidas impersonales, prefería las callejuelas en las que se veían habitaciones desordenadas, llenas de cachivaches, con la colada sucia puesta a secar. En esas calles, que tenían aspecto de estar volviendo lentamente a la tierra, carcomidas por el viento y la lluvia, con sus tapias derruidas y sus paredes inclinadas, sólo mostraban vitalidad las plantas y a veces me sorprendía la aparición de un girasol o un capacho en flor.

Caminando por esas calles, a veces imaginaba que, de repente, ya no estaba en Kyoto sino en alguna ciudad a cientos de leguas como Sendai o Nagasaki. Si hubiera podido, habría querido huir de Kyoto e irme a alguna ciudad donde nadie me conociera. Sería tan plácido. Una habitación desierta de hostal. Un futón limpio. Una mosquitera fragante y una yukata bien almidonada. Allí querría pasarme todo un mes tumbado sin pensar en nada. Ojalá pudiera convertirse Kyoto en un lugar así. Cuando esta ilusión empezaba a surtir efecto, iba coloreando las imágenes, disponiéndolas como una copia sobre las calles decrépitas que me rodeaban. Una vez hecho esto, me gustaba perderme de vista a mí mismo dentro de ese paisaje.

También me gustaban los fuegos artificiales. De hecho, los fuegos artificiales en sí eran un poco secundarios, lo que me gustaba eran los fajos de cohetes con sus dibujos a rayas de colores baratos: rojos, morados, amarillos o azules. Llevaban nombres como “Estrellas fugaces del Templo Chūsenji”, “Batalla de flores” o “Pampas marchitas”. Otros, que se llamaban “ratones”, venían puestos en círculo dentro de la caja. Por alguna razón, este era el tipo de cosas que despertaba mi curiosidad.

Otra cosa que me gustaba eran las canicas de vidrio de colores con relieves de flores o peces. Metérmelas en la boca y notar su frescor delicado y único era uno de mis placeres favoritos. Cuando era pequeño, mis padres solían reñirme cada vez que lo hacía. Quizá era el contraste entre mi presente miseria y ese dulce recuerdo de niñez, pero la frescura leve de su sabor me traía flotando una sensación de belleza casi poética.
Como ya debéis imaginar, yo estaba entonces sin blanca. A pesar de ello, cuando veía cosas que me llamaban la atención necesitaba darme el lujo de comprarlas. Un “lujo” de dos o tres céntimos. Cosas hermosas o, mejor dicho, cosas que llamaran la atención de mis apáticas antenas. Ese era el tipo de cosas que me consolaban de manera natural.

Antes de que mi vida se arruinara de este modo, me gustaban los grandes almacenes como Maruzen. Las botellas rojas y amarillas de eau-de-cologne y eau-de-quinine. Los botes de perfume de color ámbar y jade, con refinadas filigranas y figuras talladas de estilo rococó. Las pipas, las dagas, los jabones y los tabacos. Yo solía dedicar al menos una hora entera a inspeccionar cuidadosamente todas estas cosas y, finalmente, me permitía el lujo de comprarme uno solo de los lápices de la mejor calidad. Sin embargo, ahora me resultaba un lugar opresivo. Los encargados, los estudiantes, los cajeros, todos se me aparecían como los espectros de mis acreedores.

Una mañana – cuando vivía en casas de amigos, mudándome continuamente – mi anfitrión se fue a estudiar y me quedé solo. No pude resistirme a dejar la habitación desierta y salir a vagabundear. Alguna cosa me apremiaba. Así que salí a vagar por las callejuelas como he contado antes, parándome en las tiendas de golosinas y mirando las láminas de yuba, las gambas secas y los trozos de bacalao en las tiendas de ultramarinos. Bajé por Teramachi hasta la Avenida de Nijō, donde me detuve ante una frutería. Quiero hablar un poco de ese lugar, que era mi tienda favorita de las que conocía. No es que fuera para nada un sitio lujoso, pero era donde más directamente podía sentir la belleza propia de una frutería. Las frutas estaban expuestas sobre un viejo mostrador negro bastante inclinado. Como el fluir magnífico y hermoso de un allegro que hubiera visto el rostro de la Medusa, que se dice que vuelve de piedra a quien lo mira – así aparecían los colores y las formas de las frutas, como solidificados en su disposición. Más al fondo se amontonaban las verduras en altas pilas. Las hojas de las zanahorias eran espléndidas, así como las judías en remojo y las papas de agua.

La frutería era especialmente hermosa de noche. La Avenida de Teramachi es bastante animada – aunque comparada con Tokyo o Osaka parecería incluso tranquila – y presentaba innumerables escaparates adornados. Sin embargo en torno a la frutería estaba extrañamente oscuro. Claro que la tienda también daba a la sombría Avenida de Nijō, pero eso no explica por qué el lado que daba a Teramachi estaba tan poco iluminado. De todos modos, creo que si no hubiera sido tan oscura no me habría atraído tanto. El edificio tenía un alero realzado que parecía una visera calada hasta las cejas. No es por hacer una metáfora ingeniosa – es que realmente te daban ganas de gritar “¡Mira esa tienda con el gorro calado hasta las cejas!”. Sobre el alero reinaba la más absoluta oscuridad. Al estar en un espacio tan oscuro, las luces de la entrada lucían como una tormenta espléndida y, libres de competencia, hacían brillar hermoso el paisaje. Había pocas cosas en Teramachi que me emocionaran tanto como observar esa tienda, ya fuera desde la cafetería del segundo piso de la pastelería Kagiya o desde la calle, donde las bombillas me lanzaban espirales de luz contra los ojos.

Remon (edición de Shinchō bunko)

Remon (edición de Shinchō bunko)

Por una vez, me decidí a comprar algo en la tienda, porque ese día tenían limones, que no era nada común. Claro que los limones no son un producto tan caro, pero esa tienda, aun sin ser pobre, no era más que una frutería vulgar y raramente vendía productos de ese tipo. Y a mí siempre me han gustado los limones. Ese color puro, como una gota solidificada salida de un tubo de pintura “amarillo limón”. Esa forma ahusada perfectamente compacta. – Finalmente decidí comprarme uno y seguir vagabundeando por ahí. Caminé durante largo rato. Parecía que desde que había agarrado el limón, el peso que me oprimía se había vuelto más ligero y me sentía tremendamente feliz, caminando por las calles. Que una pieza de fruta pulverizara de golpe mi pertinaz melancolía puede parecer extraño o paradójico, pero así fue. ¡Qué misteriosos son los caminos del corazón humano!

La frescura de aquel limón era imposible de describir con palabras. Por aquel entonces mi tuberculosis había empeorado hasta el punto de provocarme fiebres. De hecho, para demostrar mi hipertermia a mis amigos no tenía más que cogerles de las manos, puesto que las mías estaban siempre mucho más calientes que las suyas. Sería por la fiebre que ahora me resultaba tan reconfortante el frescor que se me propagaba por todo el cuerpo desde la palma de la mano.

Una y otra vez me llevaba el fruto a la nariz para aspirar su aroma y empezó a aparecer ante mí la imagen de California, que era su lugar de origen. Me vino a la mente la frase “el olor le impactó en la nariz” que había leído en el clásico chino “El cuento del vendedor de mandarinas”. Con una inspiración profunda, me llené el pecho del aire fragante y sentí como me fluía la sangre cálida por el cuerpo y el rostro, llenándome de vitalidad, como si aquella fuera la primera vez que respiraba en mi vida…

Suena extraño, pero entonces me sentía tan bien que tenía ganas de contarle a todo el mundo que aquella simple combinación de temperatura, tacto, aroma y aspecto era precisamente lo que había estado buscando durante tanto tiempo.
Me puse en marcha de nuevo con una excitación alegre. Sentía incluso un cierto orgullo y caminaba imaginándome a un poeta que se pavoneaba por las calles vestido con ropas elegantes. Poniéndolo ora sobre mi sucio pañuelo, ora sobre mi abrigo, admiraba los reflejos y colores del limón pensando: “Éste es exactamente el peso justo”.

Era lo que había estado persiguiendo durante todo el tiempo. Se trataba sin duda de la bondad y la belleza absolutas convertidas en aquel peso exacto. Así iba pensando yo en mi alborozo y era completamente feliz.

No sé cómo ni por dónde fui, pero cuando me quise dar cuenta me encontraba frente a la tienda de Maruzen. Habitualmente lo evitaba, pero en aquel momento no me costó nada decidirme a entrar.

“Vamos a ver qué hay hoy”. Y me metí dentro sin vacilar.

Sin embargo, no sé muy bien por qué, la felicidad que me había llenado hasta entonces empezó a desaparecer poco a poco. Las botellas de perfume y las pipas no me llamaban la atención. La melancolía empezaba a invadirme de nuevo, quizá por el cansancio de todo lo que había andado aquel día. Fui hasta las estanterías de libros ilustrados. Me pareció que me costaba más de lo normal levantar los volúmenes de reproducciones. Por muchos títulos que sacara y hojeara, no encontraba ninguno que me llamara suficiente la atención. Yo seguía sacando libros sin parar, como si hubiera sufrido una maldición. Daba igual. No podía dejar de desordenarlos. Cuando me cansaba, los dejaba esparcidos allí mismo. No me veía capaz de devolverlos a su sitio. Repetí eso varias veces hasta que finalmente no pude soportarlo más, después de sacar un grueso volumen anaranjado de reproducciones de Ingres, que siempre me había encantado. ¿Qué maldición me perseguía? Notaba el cansancio en los músculos de la mano. Me había puesto melancólico, mirando ensimismado la montaña de volúmenes.

¿Qué les había pasado a los libros que antes tanto me atraían? Después de pasar los ojos por sus páginas, no me quedaba sino aquella sensación extraña de mirar un paisaje demasiado familiar, por mucho que hasta entonces me hubieran fascinado…

“Ah, ¡claro!” En aquel momento me acordé del limón que llevaba dentro de la manga. Haciendo una pila de colores con los volúmenes, probé cómo quedaba el limón. “Eso es.”

Me volvió a invadir la ligera excitación de antes. Me puse a apilar libros ciegamente, aplastándolos precipitadamente hasta completar mi construcción. Iba sacando y añadiendo libros a la pila, que como un extraño castillo fantástico se tornaba ahora roja, ahora verde…

Finalmente acabé la estructura y, dominando los saltos alegres de mi corazón, posé con cuidado el limón en la cima de la muralla. Era espléndido.

El color del limón había absorbido en su forma ahusada la armonía estrepitosa de colores y brillaba esplendorosamente. Me dio la impresión que, en el aire polvoriento de Maruzen, había aparecido una extraña tensión alrededor del limón. Me quedé observándolo un rato.

Entonces, inesperadamente, se me ocurrió otra cosa. Una idea que me sobresaltó aún más.

…Dejar el limón allí y salir de la librería como si nada…

“¿Y si me voy así? Venga, me voy.” Noté un cosquilleo inexplicable mientras caminaba a paso ligero hacia la puerta.

El cosquilleo hizo que estallara en carcajadas una vez en la calle. Me sentía como un malvado misterioso que hubiera dejado en las estanterías de Maruzen una bomba terrible de color amarillo brillante. Qué feliz me haría si la sección de arte de Maruzen se convirtiera en el centro de una enorme explosión.

Estaba fascinado por la idea de que aquella librería de aire viciado se viera reducida a escombros.

Y así eché a andar colina abajo por las calles de Kyōgoku, pasando entre los carteles de cine chillones que las adornaban.

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Acerca de Pau Pitarch

Assistant Professor of Japanese at Queens College (City University of New York)

Un comentario el ““Limón”

  1. Valeria
    agosto 24, 2016

    Reblogueó esto en Un libro por luna .

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Esta entrada fue publicada en marzo 28, 2014 por en Traducciones y etiquetada con .

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