Kappa Bunko: Literatura japonesa

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El japonés como lengua de batalla

Christina Yi (Universidad de British Columbia)

La obra del poeta norteamericano Walt Whitman encontró en el idioma inglés sentidos que ningún escritor británico podría haber sospechado, al igual que lo hizo la prosa del novelista sudafricano J. M. Coetzee.

Con frecuencia, la literatura “de colonias” abre una caja de Pandora que subvierte y pone en peligro las certezas de la lengua madre. Japón no es la excepción.

Cuando el imperio japonés incorporó a Taiwán y a Corea como territorios coloniales a principios del siglo veinte, nadie sospechó que los escritores más radicales de las colonias aprenderían y utilizarían la lengua japonesa para crear obras críticas del imperio y de la colonización.

En los años treinta, escritores taiwaneses como Yang Kui y coreanos como Chang Hyŏkchu publicaron cuentos en la revista japonesa Bungaku Hyōron (Crítica literaria). A medio camino entre la literatura proletaria y la lucha anticolonial, escribían en japonés -la lengua oficial del imperio- para dar batalla contra los abusos que el centro imperial imponía a la periferia colonial.

En su ensayo “La literatura de colonias bajo el imperio japonés” la profesora Christina Yi (Universidad de British Columbia, Canadá) nos ofrece un breve relato de las aventuras de estos escritores coloniales de la literatura japonesa. Cuenta la historia de los intelectuales comprometidos que cambiaron para siempre la cara del idioma japonés.

Este ensayo, disponible exclusivamente para Kappa Bunko, surge de una presentación que hizo la profesora Yi durante el primer Coloquio Internacional (La Plata, Argentina, 2014) de Japón Interculturas, el grupo de estudios japoneses en castellano.

 

La literatura de colonias bajo el imperio japonés

Por Christina Yi

 

Japón se unió al puñado de potencias occidentales que luchaban para construir su imperio cuando incorporó a Taiwán como su primera colonia formal en 1895. Sin embargo, en parte por esta suerte de arribo tardío, hoy en día los estudios poscoloniales suelen olvidar el importante rol de Japón en el imperialismo global. Por ejemplo, el influyente modelo de Alexander Motyl caracteriza la relación entre centro y periferia como una “rueda sin armazón” (rimless wheel).[1] Esta metáfora enfatiza la estructura jerárquica del imperio, en el que las periferias (los rayos de la rueda) se definen sólo por su relación con el centro (el eje de la rueda) y no pueden comunicarse de forma directa con otras periferias. Esta metáfora es válida para los imperios marítimos europeos, pero no para el caso de Japón, que tanto se inspiró como se diferenció del imperialismo occidental. En un contexto así, ¿cómo podrían las periferias definirse mutuamente, en lugar de sólo en relación al centro? ¿Qué movimientos textuales y qué diálogos encontramos (y dejamos de encontrar) entre ellos?

Este ensayo explora una respuesta a estos interrogantes a través de un análisis de cómo la lengua japonesa facilitó el movimiento de textos entre Japón, Taiwán y Corea durante el período colonial. Por ser las colonias más antiguas, Taiwán y Corea se convirtieron en pilares estratégicos y discursivos del imperio japonés. El uso del lenguaje para fines políticos puede servir de ejemplo: tanto en Taiwán como en Corea, la administración imperial dictó que se utilizara la expresión kokugo (lengua nacional) en lugar de nihongo (lengua japonesa) para referirse a la lengua oficial del imperio. Los taiwaneses y los coreanos que hablaban japonés eran descriptos como hablantes de la “lengua nacional” para enfatizar que, mientras que en occidente el imperialismo estaba marcado por jerarquías raciales, la presencia japonesa en Taiwán y Corea estaba signada por la benevolencia, la igualdad, así como la proximidad geográfica y cultural. La realidad, por supuesto, era que en el imperio japonés había tanta discriminación como en el caso de los poderes occidentales, en los que se habían inspirado muchas leyes imperiales japonesas.[2]

A mediados de los años treinta, Taiwán y Corea llevaban ya tres décadas como colonias. Una generación entera había sido educada como súbdita colonial bajo el sistema de educación imperial. En Taiwán, por ejemplo, coexistían varias formas de lenguaje y de escritura (entre ellas el chino clásico y el chino moderno), por lo que la introducción del japonés resultó conveniente porque ofreció una lengua oficial común, una suerte de lingua franca; esto no se dio en el caso de Corea.[3] Y tanto en Corea como en Taiwán, esta generación se expresó en contra del imperio y sus abusos a través del movimiento proletario internacional, tal como lo hacían los jóvenes japoneses de la época. Organizaciones como el Partido Comunista Japonés proponían alianzas más allá de diferencias étnicas y fronteras nacionales, enfatizando la experiencia compartida del sistema capitalista y la lucha proletaria. De acuerdo a Heather Bowen-Struyk, denunciar el imperialismo japonés permitía a esa generación abordar una profunda diversidad de cuestiones, entre ellas “el significado cambiante de Japón, la dependencia del capital japonés de los mercados y los trabajadores chinos, la conspiración entre el estado japonés y la burguesía en contra de los intereses del proletariado (…) y la relación entre capitalismo globalizante y los estados nacionales”.[4]

Uno de estos jóvenes fue Yang Kui (楊逵, 1905-1985). Yang fue el primer escritor taiwanés en ganar un premio literario en Japón, por su cuento “Shinbun haitatsufu” (“El repartidor de diarios”). Publicada en la revista literaria de izquierdas Bungaku hyōron (“Crítica literaria”) de la editorial Nauka-sha, en octubre de 1934, esta historia tiene por protagonista y narrador a un joven taiwanés del que nunca se revela el nombre, y que se refiere a sí mismo simplemente como watashi (yo). Este narrador trabaja como repartidor de diarios en Tokyo, bajo condiciones atroces. Luego de apenas veinte días de trabajo es despedido y su patrón se niega a devolverle el dinero que había depositado inicialmente como garantía. Ese mismo día, recibe una carta de su madre en la que le informa que sus dos hermanos menores han muerto y que ella también está al borde del mismo destino. Sin embargo, la madre urge al narrador a permanecer en Tokyo. En lugar de continuar intentando ganarse la vida bajo un sistema que lo explota, el narrador se une a un movimiento de trabajadores, organizado por un hombre japonés llamado Itō. Inspirado por lo que ha aprendido en Tokyo, el narrador decide hacia el final de la historia volver a Taiwán para luchar por la mejora de las condiciones de trabajo de sus compañeros.

Este cuento ganó el segundo premio en un concurso literario auspiciado por Bungaku hyōron (el primer lugar resultó vacante). Fue elegido por un panel de jueces que incluía a prominentes escritores de izquierda tales como Tokunaga Sunao (1899-1958), Chūjō (luego Miyamoto) Yuriko (1899-1951), y Kubokawa (luego Sata) Ineko (1904-1998). Junto al cuento de Yang, la revista publicó los comentarios de los jueces, que con frecuencia se centraron en la prosa torpe del autor:

Tokunaga Sunao: Esta historia de ninguna manera está bien escrita. Ni siquiera está bien estructurada. Sin embargo, tiene gran atractivo. Tiene la misma atmósfera sangrienta que la subyugación de los indios en manos del capital norteamericano.

Chūjō Yuriko: Tal como dice Tokunaga, esta historia habría requerido un nivel artístico más alto, pero ya que eso se encuentra más allá de la habilidad del autor, podemos de todas maneras apreciar sus puntos fuertes y su capacidad de conmover al lector.

Kubokawa Ineko: Es imposible decir que esta es una obra de ficción lograda. Pero la honestidad del autor es cautivante.

¿Por que otorgaron el premio a “Shinbun haitatsufu” si consideraban que no tenía méritos literarios? ¿Qué valor podía tener incluir el texto de Yang Kui en las páginas de Bungaku hyōron? La clave está en el panorama político de la época, en el que artistas y militantes comunistas sufrían la represión y la censura del gobierno.[5] En 1931 el ejército japonés había utilizado un dudoso acto de sabotaje contra una compañía ferroviaria japonesa como excusa para invadir Manchuria en el noreste de China. En 1933 el escritor proletario Kobayashi Takiji (1903-1933) había sido asesinado brutalmente mientras estaba bajo custodia policial. En 1928, 1932 y 1933, había habido arrestos masivos de comunistas. La disolución de la “Liga de Escritores Japoneses Proletarios” (Nihon puroretaria sakka dōmei) en febrero de 1934 trajo desconcierto y confusión en Japón y en las colonias. La revista Bungaku hyōron se fundó un mes más tarde, en respuesta a estos acontecimientos. Tenía el objetivo de mantener abierto un espacio progresista de pensamiento cultural (ya que no político).

La invasión de Manchuria en 1931 marcó el comienzo de una serie de políticas oficiales orientadas hacia la asimilación cultural de la población colonial. Para ello era necesario un mayor nivel de comprensión de la lengua japonesa en esas regiones. Autores taiwaneses y coreanos que escribían en japonés podían ser utilizados por la administración colonial como prueba del éxito de las políticas de asimilación. Y los escritores, a su vez, podían aprovechar oportunidades para publicar en japonés textos que habrían sido censurados en otros idiomas, ya que las leyes y prácticas de censura eran más estrictas en lenguas distintas al japonés.[6] Muchos escritores proletarios japoneses buscaron en las colonias oportunidades para publicar críticas anti-imperialistas.

La revista japonesa Bungaku hyōron en particular aceptó contribuciones de escritores jóvenes de las colonias y de zonas rurales de Japón. El objetivo era facilitar la transformación de los trabajadores en sujetos de la revolución clasista. Es decir, los miembros fundadores de la revista veían el acto de escritura como un proceso a través del cual podría emerger una subjetividad proletaria politizada.

Los comentarios de los jueces de Bungaku hyōron mencionan cualidades tales como honestidad y atractivo, que surgen de (y no a pesar de) los supuestos defectos de la prosa de Yang. Es como si la “baja calidad” garantizara la autenticidad de la experiencias del autor y certificara que su mensaje político no ha sido corrompido por la estética burguesa. Es significativo que en posteriores publicaciones de la revista, los jueces volvieron a utilizar este tipo de lenguaje para describir la obra de escritores japoneses de clase trabajadora.

Los jueces de la revista parecían considerar que la aparente distancia respecto de la lengua japonesa (y de la educación de élite encarnada en ella) unía a los escritores coloniales con sus colegas japoneses proletarios. Lo que pasaron por alto fueron las tensiones y ambivalencias entre la revolución de clases “universal” y los movimientos de independencia anti-coloniales. En su análisis de las alianzas entre Corea y Japón durante los años treinta, Emiko Kida sostiene que “el movimiento proletario impuso silenciosamente una estructura dentro de la cual la cuestión de la independencia tuvo que dejar lugar a la de la unificación del proletariado internacional.”[7] Aún los taiwaneses y coreanos que proponían alianzas más allá de diferencias étnicas y fronteras nacionales, con frecuencia se expresaron en contra de esta confusión entre dos tipos diferentes de periferia: la del trabajador rural y la del súbdito colonial. En lugar de subordinar el anti-colonialismo a la solidaridad de clase, escritores como Yang Kui denunciaron las complejas interacciones y las condiciones sociales específicas de las colonias.

Se puede decir que la lengua japonesa (tal como se ve en Bungaku hyōron) a la vez posibilitó y limitó el diálogo entre el centro y la periferia. Posibilitó este diálogo porque permitió que centro y periferia hablaran entre sí; lo limitó porque este diálogo sólo podía llevarse a cabo en japonés, y por lo tanto por personas que tuvieran acceso al sistema educativo japonés. ¿Qué ocurrió entonces con la posibilidad de que las periferias se comunicaran entre sí?

Si bien “Shinbun haitatsufu” fue publicado en Bungaku hyōron en 1934, ya en 1932 Yang Kui había comenzado a ofrecer este mismo cuento por entregas en la revista Taiwan xinmin bao (“Taiwan New People’s News”), pero el texto fue censurado con dureza y su impresión fue suspendida antes de que estuviera totalmente publicado. El cuento fue editado en forma íntegra recién en 1934, y dos años más tarde traducido al chino y publicado en Shanghai en Shijie zhishi (“World Knowledge”). Esto ejemplifica cómo la publicación en el centro posibilitó la comunicación más allá del centro, entre periferias, de la mano de la traducción. Y sin embargo el texto mismo da cuenta del dilema que atraviesa al escritor colonial, que al escribir en japonés inscribe al centro en el interior de su obra, a la vez que se expresa en contra del colonizador.

Narrado en primera persona, “Shinbun haitatsufu” inicialmente no hace mención de la etnicidad del narrador, y lo confunde así con sus pares japoneses. En las primeras páginas, el lector descubre que el “yo” que narra la historia ha venido a Tokyo de una zona rural provincial (inaka) para buscar trabajo. Sólo poco a poco ciertos detalles sobre su vida van revelando y sugieren sus orígenes taiwaneses. Por ejemplo, el referirse a un hokō (sistema administrativo exclusivo de Taiwán) y a kōgakkō (escuelas comunes) el narrador da a entender que proviene de Taiwán, pero nunca menciona al país ni tampoco dice explícitamente el nombre de su aldea o el de su familia.

Al ocultar la locación precisa de los orígenes rurales del narrador, el texto parece privilegiar una perspectiva universalista respecto de las tensiones económicas entre la ciudad y el campo. En este sentido, el cuento puede ser leído como un intento de crear una comunidad internacional alternativa, en la que la solidaridad proletaria supera las diferencias étnicas. Faye Yuan Kleeman, por ejemplo, sugiere que esta historia ofrece “la posibilidad de formar alianzas entre diferentes etnias y clases sociales (…), en tanto que para modificar el sistema en Taiwán, el cambio debe originarse al interior de Japón.”[8]

Lo que quiero puntualizar es que, sin embargo, esta borradura de la diferencia étnica sólo puede ser lograda si uno asume que el idioma japonés es transparente o neutral, cuando en realidad no es ni lo uno ni lo otro. Consideremos el momento en el que la pertenencia étnica del narrador se hace finalmente explícita. Luego de ser despedido de su trabajo, el narrador decide retornar a su hostal. Ni bien cruza la puerta, lo recibe el dueño con un “¡Hola!, pero si no es otro que el Sr. Taiwán, ¡tanto tiempo sin verlo!”[9] Este recibimiento puede ser interpretado como una forma de interpelación en la que el narrador es marcado social y discursivamente como un otro colonial. Aún en el caso de que el narrador haya deseado hablar como un proletario universal, en este momento su habla es recontextualizada a través de las estructuras y limitaciones coloniales que lo designan ante todo como étnicamente taiwanés. Este saludo al interior del texto se conecta con los elementos paratextuales que lo rodean en Bungaku hyōron: la especificidad étnica del nombre del autor, “Yang Kui”, el formato y objetivos políticos del concurso literario, y las expectativas de los lectores en japonés.

Es importante el hecho de que el saludo del dueño fue motivado por la llegada de una carta de despedida desde Taiwán, escrita por la madre del narrador, quien, sabremos luego, había ya fallecido. De forma similar al pueblo del narrador, que ha sido irreparablemente transformado por el poder y el capital japonés, la carta de la madre es una reliquia de un pasado ya inaccesible. Luego de leerla, el narrador decide volver a Taiwán para combatir la explotación capitalista que destruyó su pueblo. Pero este momento de decisión no es comunicado a la madre (quien, ya fallecida no puede oírlo), ni a un par taiwanés, sino al hombre que por primera vez expuso ante el narrador la idea de organizar paros de trabajadores y gremios, es decir, su amigo japonés Tanaka. El uso de la lengua japonesa por parte del narrador puede haber abierto canales de comunicación pero sólo luego de (y gracias a) un violento renunciamiento a otras posibilidades.

Cuando “Shinbun haitatsufu” fue publicado en Bungaku hyōron, Yang Kui fue inmediatamente comparado con Chang Hyŏkchu (張赫宙, 1905-1998), un escritor coreano que dos años antes había recibido el segundo premio en un prestigioso concurso literario organizado por la revista de izquierdas Kaizō (“Reconstrucción”). Chang fue el primer escritor colonial en recibir tanta atención y por ello ejerció gran influencia sobre quienes lo siguieron.[10] El escritor taiwanés Lu Heruo (呂赫若, 1914–1951), por ejemplo, se sintió tan inspirado por Chang que para su seudónimo de escritor adoptó uno de los caracteres en el nombre de Chang. Otro escritor taiwanés, Lai Minghong (賴明弘, 1915–1958), envió el siguiente comentario a Bungaku hyōron en noviembre de 1934:

Luego de una larga espera, un escritor proveniente de nuestro Taiwán ha logrado entrar en el mundillo literario japonés (Nihon bundan), un año luego de que lo hiciera un escritor de Corea. Cuando vi el nombre de mi amigo Yang Kui en Bungaku hyōron, se me llenó el corazón de alegría. Habíamos estado compitiendo para hacernos un nombre en el mundillo literario japonés… No se puede negar que “Shinbun haitatsufu” es una obra inmadura. El estilo infantil no alcanza el nivel de Chang Hyŏkchu. Pero la obra de Chang no aborda la realidad histórica de las colonias como lo hace Yang. […] Anhelamos con ardor que los escritores proletarios japoneses continúen fomentando y liderando la literatura colonial (shokuminchi bungaku) y les tendemos nuestras manos abiertas y plenas de hermandad.[11]

La lectura que Lai Minghong hace de Yang Kui a través del legado literario de Chang Hyŏkchu y su invocación a los escritores japoneses proletarios sugiere que, a pesar de que el diálogo entre escritores coloniales puede haber sido anticipado y alentado, continuaba siendo mediado por el centro. Aquí vemos lo que Nayoung Aimee Kwon ha llamado la “maraña de representaciones” (conundrum of representation) del escritor colonial, es decir, “la necesidad de adquirir las tecnologías del otro para poder traducir el ser propio a la lengua del otro en el marco del nuevo orden mundial.”[12] A la vez, la insistencia de Lai respecto de las contribuciones de Yang alerta sobre la irreductibilidad de la experiencia colonial: a pesar de la retórica de inclusión contenida en la ideología del kokugo (el japonés como idioma nacional e imperial), Taiwán y Corea nunca recibieron el mismo trato que los territorios del archipiélago japonés, ni tampoco fueron considerados como idénticos entre sí.

El propio Chang Hyŏkchu señaló este dilema en un breve mensaje enviado a Yang Kui con ocasión de la creación por parte de Yang de la revista en japonés Taiwan Shin-bungaku (“Taiwan New Literature”) en 1935:

Si entendemos “literatura colonial” como literatura producida en Corea, Taiwán, y las otras colonias, podemos abarcar gran variedad de obras. Pero yo nunca intenté restringir la literatura coreana para hacerla coincidir con la etiqueta tan limitada de “literatura colonial”.[13]

Chang comprendía claramente las comparaciones entre él y Yang, pero no fomentaba tales lecturas, al punto de señalar rotundamente a Tokunaga Sunao en 1935: “no deseo competir con Yang Kui sólo por el mero hecho de que él es taiwanés.”[14] En el mismo ensayo, renegó de su reputación como escritor “representativo” de la literatura coreana y demandó que se lo considerara como “un individuo llamado Chang Hyŏkchu.” A pesar de sus protestas, las comparaciones continuaron en las páginas de Kaizō y otras publicaciones, lo que alentó acusaciones en Corea de que el éxito de Chang se debía a su actitud zalamera hacia los lectores japoneses y sus prejuicios.[15] En resumen, la tensión entre lo particular y lo universal en los comentarios de Chang sugiere que atravesar fronteras requería una permanente negociación en la que el valor y el significado acordados en un texto estaban inscriptos en el marco de estructuras políticas de gran alcance, destinadas a mantener al súbdito colonial en su lugar.

Mientras que escritores como Yang Kui y Chang Hyŏkchu lograron desafiar (y a la vez aprovechar) las ventajas de la lengua y la literatura del centro, lo hicieron con conciencia de que las categorías de “colonizador” y “colonizado” pueden variar pero nunca ser borradas del todo. Este dilema aparece simbolizado con inigualable claridad en el propio texto de “Shinbun haitatsufu”, que concluye con el narrador a bordo del barco que lo llevaría de vuelta a Taiwán:

¡Mira allí! ¡Y aún así, los trabajadores XXXXXXXXXXXXXXX!

–– ¡Mis estudios de estos últimos meses! Esta es la respuesta más fiel que pude dar al deseo final de mi madre.

Me sentí colmado por mis convicciones. Desde la cubierta del buque Hōrai-maru, pude ver Taiwán en primavera, su superficie cubierta de belleza. Un pequeño pinchazo de aguja podría desencadenar un torrente de suciedad pútrida.[16]

Las elipsis (XXXX), que aparecen en el texto original, son fuseji (marcas de borradura) impuestas por el proceso de censura del gobierno previa a la publicación. Desde una posición literalmente a medias entre Japón y Taiwán, el narrador mira hacia adelante con la convicción de forjarse un futuro en este último país, que es la patria de su pasado. Los detalles que definirán ese futuro, en esta historia en particular, quedan sin decir. No pueden ser dichos, tal como lo indican las marcas de borradura que aparecen en la página impresa.[17]

Estas manifestaciones de la autoridad imperial pueden tener por objeto recordar por igual al autor y al lector las consecuencias del lenguaje anti-japonés, que se volvieron más y más severas con los años, cuando Japón se lanzó a la guerra total. Sin embargo, las fisuras abiertas por las marcas de borradura (fuseji) tienen, irónicamente, un efecto productivo: la propia censura vuelve la protesta visible e indeleble. Yang Kui y Chang Hyŏkchu tuvieron carreras diferentes luego de la caída del imperio japonés. Hoy en día Yang disfruta de una reputación póstuma como baluarte de la escritura anti-colonial, mientras que Chang ha sido condenado como colaborador del régimen japonés. Desafortunadamente, queda por fuera de este ensayo un análisis de lo que en 1935, cuando Chang escribió el mensaje a Yang, era todavía un futuro imposible de anticipar. Por ahora, desearía concluir con la certeza de que sus textos demuestran que futuros alternativos posibles, si bien no se pueden expresar, sí pueden ser imaginados y anticipados aún bajo las limitaciones impuestas por el imperio. Están ahí, agazapados bajo la superficie de la página censurada.

 

Traducción: Ariel Stilerman

Edición: Paula Hoyos Hattori

La autora desea agradecer a University of British Columbia International Conference Travel Grant y a Insight Development Grant from the Social Sciences and Humanities Research Council.

[1] Alexander Motyl, Imperial Ends: The Decline, Collapse, and Revival of Empires (New York: Columbia University Press, 2001).

[2] Masaki Tsuneo, Shokuminchi gensō (Tokyo: Misuzu Shobō, 1995); Oguma Eiji, “Nihonjin” no kyōkai (Tokyo: Shin’yōsha, 1998); Robert Tierney, Tropics of Savagery (Berkeley: University of California Press, 2010).

[3] Komagome Takeshi, Shokuminchi teikoku Nihon no bunka tōgō (Tokyo: Iwanami Shoten, 1996); Yasuda Toshiaki, Teikoku Nihon no gengo hensei (Yokohama: Seori Shobō, 1997); Yi Yuhui, Nihongo bungaku o yomu (Sendai: Tōhoku Daigaku Shuppankai, 2014).

[4] Heather Bowen-Struyk, “Rival Imagined Communities: Class and Nation in Japanese Proletarian Literature”, positions: east asia cultures critique 14:2 (otoño 2006), p. 376.

[5] Véase la edición especial dedicada al arte proletario en Asia oriental en positions: east asia cultures critique. (otoño 2006).

[6] Ramon Myers et al. (eds.), The Japanese Colonial Empire, 1895–1945 (Princeton: Princeton University Press, 1984).

[7] Emiko Kida, “Japanese-Korean Exchanges within the Proletarian Visual Arts Movement” (trad. Brian Bergstrom) en positions: east asia cultures critique 14:2 (otoño 2006), p. 520. Véase también el contrapunto argumental en Samuel Perry, Recasting Red Culture (Honolulu: University of Hawai’i Press, 2014).

[8] Faye Yuan Kleeman, Under an Imperial Sun (Honolulu: University of Hawai’i Press, 2003), p. 165.

[9]  “Shinbun haitatsufu,” p. 220.

[10] Wang Huichen, “Shokuminchi sakka no hensō: Taiwanjin sakka kara mita Chōsenjin sakka Chang Hyŏkchu” en Nihon Taiwan gakkai dai 8-kai Kansai bukai kenkyūkai proceedings (febrero 2010).

[11]  Bungaku hyōron 1:9 (noviembre 1934), p. 37.

[12] Nayoung Aimee Kwon, Intimate Empire (Durham: Duke University Press, 2015), p. 40.

[13] Taiwan Shin-bungaku 1:1 (diciembre 1935), p. 34.

[14] Chang, “Watakushi ni taibō suru hitobito he: Tokunaga Sunao-shi ni okuru tegami” en Kōdō 3:2 (febrero 1935), p. 190.

[15] Nam Pujin, Kindai Nihon to Chōsenjinzō no keisei (Tokyo: Bensei Shuppansha, 2002).

[16] “Shinbun haitatsufu,” p. 233.

[17] Tomi Suzuki et al. (eds.), Censorship, Media, and Literary Culture in Japan: From Edo to Postwar (Tokyo: Shin’yōsha, 2012); Jonathan A. Abel, Redacted: The Archives of Censorship in Transwar Japan (Berkeley: University of California Press, 2012); and Kōno Kensuke et al. (eds.), Teikoku no ken’etsu (Tokyo: Shin’yōsha, 2014).

 

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Esta entrada fue publicada en junio 8, 2016 por en Ensayos y etiquetada con .

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